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ÍNDICE:
1.
VERTIDOS.
2. CONTROL DE
VERTIDOS.
1.
VERTIDOS.
Los
efluentes líquidos de una central de ciclo combinado
provienen del
circuito de refrigeración y de los distintos procesos que se
llevan a cabo.
En
cuanto al agua de refrigeración, las
características del vertido
dependen del sistema de refrigeración (circuito abierto o
circuito cerrado, con
torre de refrigeración) y del origen del agua que se
utilice, del mar o dulce.
Las
aguas de proceso tienen diversos orígenes: efluentes de
purga de
caldera, aguas que pueden haber estado en contacto con aceites o
combustibles,
efluentes de la planta de producción de agua desmineralizada
y aguas
sanitarias. Normalmente cada uno de estos efluentes es depurado por
separado, y
una vez que tiene la calidad necesaria, es conducido a una balsa
común, en la
que se analiza el vertido de aguas de proceso en su conjunto para
comprobar que
no se supera ninguno de los parámetros establecidos en las
diversas normativas
de aplicación.
Las
aguas de lluvia que se recogen en la superficie ocupada por la
central se vierten sin ningún tipo de tratamiento.
Únicamente es necesario
asegurar que esas aguas no entran en contacto con ningún
contaminante
(productos químicos, aceites, etc.), y que las conducciones
de recogida de
aguas pluviales no son utilizadas en ningún caso para el
vertido de otros
líquidos.
Por
último, hay algunas aguas que no son vertidas a los cauces
públicos,
y que deben ser retiradas por gestores autorizados para su tratamiento.
Son las
aguas de limpieza del compresor y las aguas de limpieza de la torre de
refrigeración, aguas de limpieza de caldera, y en general,
cualquier agua que
pueda contener contaminantes que no puedan depurarse de forma oportuna.
Es
conveniente recordar que está absolutamente prohibido
alcanzar los límites de
concentración de un contaminante por dilución.
1.1
AGUAS
DE REFRIGERACIÓN
La
mayor parte de las centrales se refrigeran con agua, aunque algunas
lo hacen directamente con aire atmosférico utilizando
aerocondensadores, que
condensan el vapor de escape de la turbina mediante intercambio de
calor con el
aire atmosférico.
En
el resto de las centrales, es el agua el fluido que se utiliza para
evacuar el calor no aprovechable para la producción de
energía. Esta agua puede
tener dos orígenes: el mar o los ríos.
Sea
un río o el mar el proveedor del agua de
refrigeración, aún existen
dos posibilidades, con impactos ambiéntales diferentes:
circuito abierto o
circuito cerrado.
1)
Ciclo abierto:
el
agua se toma del mar o del río, se impulsa hacia el
condensador, produciéndose
el intercambio de calor. Así, el vapor se condensa, y el
agua de refrigeración
registra un incremento térmico de entre tres y ocho grados.
Realizada su
función, el agua se devuelve al mar. El aspecto
medioambiental más significativo
de esa agua que se devuelve es el incremento de temperatura. Esto
distorsiona
el ecosistema existente en el punto de vertido, aunque de una forma muy
puntual. El caudal de agua de refrigeración en circuito
abierto suele ser
importante.
Otro
aspecto medioambiental a considerar es la cloración. El agua
que se
devuelve al mar o al cauce del río no es exactamente igual
que el agua que se
tomó pues es necesario añadirle un biocida que
impida la proliferación de algas
o cualquier otro organismo en tuberías o haces tubulares del
condensador. El
biocida más utilizado, por su economía, es la
lejía, en cantidades que oscilan
entre 0.2-1 ppm. Periódicamente hay que realizar incrementos de
concentración de lejía de forma brusca.
Existen, no obstante otros biocidas usuales, y en ocasiones es
necesario
recurrir a biocidas específicos u otras sustancias para
aumentar la acción del
biocida, productos específicos para algas o mejillones. Es
necesario controlar
pues no sólo el aumento de temperatura, sino la
concentración de biocida que
acaba en el cauce público, pues se trata de luchar contra la
proliferación de
organismos en el interior de la planta, no en el medio receptor del
vertido.

Figura
1.
Mejillones en una tubería.
2) Circuito cerrado de
refrigeración: este
sistema tiene un
impacto medioambiental menor, por los
menores caudales implicados. Si
en el circuito abierto el agua se toma del cauce público,
realiza su función en
el condensador y se devuelve, lo que supone el empleo de un caudal de
agua de
refrigeración elevado, en el caso de circuito cerrado
sólo se necesita aportar
la cantidad necesaria para reponer
las
pérdidas del circuito. Estas pérdidas
son tres: la cantidad que
se evapora, y que
es responsable de la
refrigeración, las fugas que pueda
haber en el circuito y las purgas de la torre necesarias para mantener
la
concentración de sales en el límite requerido. El
efluente que se vierte al
cauce público ya no será el agua de
refrigeración, sino el agua de purga de la
torre. Si la principal característica del agua del circuito
abierto era el
aumento de la temperatura, en el caso de circuito cerrado ese aspecto
medioambiental es casi insignificante, pues en general se devuelve agua
a una
temperatura similar a la del medio del que se toma. El aspecto
medioambiental
más importante es el aumento de la concentración
de sales, provocado
sencillamente porque el agua que se evapora en la torre en agua pura,
quedando
cualquier sustancia en el agua que queda en la balsa, y por tanto,
aumenta su
concentración.
Otros
aspectos medioambientales a considerar en el efluente de
refrigeración en circuito cerrado son la
concentración de biocida, la
concentración de otros productos químicos que
intervengan en el proceso y la
variación del pH. Para el biocida, hay que hacer las mismas
consideraciones que
en el caso anterior. Únicamente hay que constar que por
normativa son
necesarias unas limpiezas periódicas de la torre para evitar
la proliferación
de la bacteria denominada legionella, causante de enfermedades
respiratorias que
pueden incluso provocar la muerte. Las limpiezas de la torre, que se
realizan
incrementando la concentración del biocida,
lejía, han de hacerse respetando
los límites de vertido de esa sustancia al medio receptor
del efluente.
Otros
productos químicos que se añaden al agua de
refrigeración en
circuito cerrado son los llamados anti-incrustantes y los
antioxidantes, que
tratan de proteger la instalación de depósitos
que pudieran obstruir conductos
y tratan de evitar la oxidación de metales. Las fichas de
seguridad de estos
productos indican su composición y como pueden afectar al
medioambiente, aunque
en general suele tratarse de productos poco agresivos. Su
función, además, se
ve afectada por el pH del agua de refrigeración, por lo que
habitualmente es
necesario modificarlo, normalmente disminuyéndolo con la
adición de ácido
sulfúrico. El control del pH del agua del vertido de purga
de torre se hace
también necesario, para asegurar que no se va a afectar el
medio receptor.
1.2
AGUAS
DE PROCESO
Después
del agua de refrigeración, las aguas de purgas de calderas
suponen el segundo caudal efluente por cantidad. La necesidad de purgar
las
calderas proviene del aumento de concentración de sales en
la fase líquida.
Estas sales pueden ser arrastradas por el vapor y provocar diversos
daños en la
caldera, en el ciclo agua-vapor o en la turbina de vapor. Por ello, es
necesario realizar purgas continuas y discontinuas en calderines y en
diversos puntos
de la instalación, para mantener controlada la
concentración de sales.
El
agua que se adiciona a la caldera es un agua desmineralizada, de
extraordinaria pureza, pero a la que se añaden una serie de
sustancias para
controlar el pH y el contenido en oxígeno disuelto en la
fase líquida. Para el
control de pH se suele adicionar amoniaco y fosfatos, que
actúan como regulador
en la fase vapor y en la fase líquida. Para el control del
oxígeno disuelto se
adiciona hidracina, aunque este producto se está
sustituyendo por otros ante la
sospecha de que es cancerígeno. Por tanto, el agua de purgas
contendrá
amoniaco, fosfatos e hidracina. El vertido incontrolado de hidracina
provocaría
una disminución del oxígeno disuelto en el medio
receptor, que afectaría su
ecosistema. Los fosfatos son un poderoso abono, que harían
aumentar la flora en
las orillas del cauce o fomentarían la
proliferación de algas. El amoniaco es
un biocida. Por ello, es necesario controlar la
concentración final de cada un
de estas sustancias para asegurar que cumplen los límites
marcados por las
diferentes normativas.
En
menor cantidad pero de cierta toxicidad es el agua que ha podido
estar en contacto con aceites y combustibles. Esta agua ha de ser
depurada
previamente en depuradoras específicas que faciliten la
separación entres las
dos fases líquidas. En general, están basadas en
la diferencia de densidad. El
aceite que puedan contener ha de ser retirado de estas depuradoras por
un
gestor autorizado para su posterior tratamiento. Aguas que han podido
estar en
contacto con aceites son todas las aguas de vertidos ocasionales y
accidentales
que se recogen en las naves que alojan los trenes de potencia, en los
talleres,
y en general, en cualquier zona que tenga equipos que trabajen con
aceite.
Estas zonas deben estar dotadas de un sistema de drenajes que conduzca
las aguas
recogidas en cualquier derrame hacia las depuradoras que
separarán agua y
aceites.
Las aguas procedentes de la
planta de
tratamiento de agua son salmueras
y aguas de lavado de resinas de intercambio iónico. Las
primeras no tienen
ningún contaminante, y su aspecto medioambiental es que
tienen una
concentración mayor en sales minerales. Normalmente se
envían sin depurar a la
balsa que contiene el resto de las aguas del proceso, ya que la
dilución
anulará su único aspecto medioambiental. Las
aguas procedentes de la
regeneración de las resinas de intercambio
iónico, también las resinas
catiónicas, e hidróxido sódico,
utilizando para la regeneración de las resinas
aniónicas. Su aspecto medioambiental es el pH, que puede ser
ácido o básico,
dependiendo de que se haya empleado mayor o menor cantidad de
ácido sulfúrico e
hidróxido sódico. Estas aguas se conducen a una
balsa de neutralización, donde
se ajusta su pH, y se envían a la balsa donde confluyen los
diferentes
efluentes de proceso.
Las
aguas sanitarias procedentes de los edificios de oficinas o de
cualquier otra zona dotada de servicios deben conducirse a una
depuradora
específica. Son pequeñas depuradoras, muy
conocidas y estudiadas, que no
ofrecen ninguna complicación si están
correctamente operadas y mantenidas.
1.3
AGUAS
DE LLUVIA
Para
evitar que el agua procedente de la lluvia se acumule en lugares
inadecuados es necesario, en cualquier instalación
industrial, canalizar esta
agua y verterla a un cauce público, que puede ser la red de
alcantarillado de
la zona, un cauce cercano, o bien verterse junto a las aguas de
refrigeración o
proceso.
Esta
agua, si no
están
contaminadas por ningún tipo de sustancia con la que se
hayan podido mezclarse,
suelen verterse sin sufrir ningún proceso de
depuración.
1.4
OTRAS
AGUAS DE DIFERENTES PROCESOS OCASIONALES
En
determinados procesos se generan otras aguas residuales que no son
vertidas a cauces públicos, sino que son retiradas por un
gestor autorizado de
residuos en camiones cisterna.
Uno
de estos procesos es el lavado del compresor de la turbina de gas. A
pesar de los filtros de admisión que tiene la turbina para
el aire que llega al
compresor, éste termina ensuciándose y haciendo
perder rendimiento a la
turbina, por el rozamiento adicional que sufre el aire antes de llegar
a la
cámara de combustión. El compresor, por ello,
debe ser lavado periódicamente
para recuperar ese rendimiento perdido en el proceso de ensuciamiento.
Existen
dos tipos de lavado:
1) On-line:
con la turbina en marcha, y
en los que el agua de lavado termina
evaporándose y es conducido hasta
la chimenea junto con el resto de los gases de escape.
2) Off-line:
con la turbina de gas parada y fría. El agua utilizada en
este
lavado, contaminado con los restos del detergente utilizado y con la
suciedad
eliminada de los álabes del compresor de la turbina debe ser
almacenada en un
contenedor adecuado y entregada a un gestor autorizado, para su
tratamiento.
Otro
proceso en el que es necesario retirar el agua resultante es en la
limpieza de las diferentes balsas de la planta (balsa de torres, balsa
de aguas
de procesos, balsa de neutralización). Los residuos
sólidos y el agua de la
limpieza no pueden ser vertidos incontroladamente y deben ser retirados
por un
gestor autorizado.
Otro
proceso que implica el vertido de gran cantidad de agua que no
cumple las condiciones de vertido es el agua procedente de la limpieza
de
caldera. Ocasionalmente, después de una
reparación, o tras un periodo de parada
de planta en el que se ha hecho una conservación
húmeda de la caldera, se
genera una gran cantidad de agua que supera los límites de
vertido en lo
referente a amoniaco e hidracina. El amoniaco puede ser neutralizado y
la
hidracina puede ser reducida a nitrógeno y agua, pero las
aguas procedentes de
la conservación húmeda de caldera no pueden
verterse directamente, y debe ser
comprobada su composición antes de proceder al vertido.
2.
CONTROL DE VERTIDOS.

Figura
2.
Tubo emisario para la captación o vertido de agua de
alimentación.
Podemos
distinguir entre los controles que se realizan dentro de la
planta, esto es, antes del vertido, y los controles que se realizan
fuera de la
planta, en el medio receptor.
Respecto
a los vertidos de refrigeración antes del vertido se
controla y
se registra el caudal, el pH, la conductividad (como medida indirecta
de la
salinidad) y la concentración de cloro libre.
Respecto
a los vertidos de proceso, hay que tener en cuenta la
prohibición de alcanzar los límites de
concentración impuestos a los distintos
contaminantes por dilución. Como cada uno de los
efluentes de proceso tiene
características y
composición diferentes, si todos ellos se conducen a una
balsa común y se
analiza el contenido de esta balsa, unos efluentes, realmente
influentes en la
balsa, estarían diluyendo a otros. Por ello, cada uno de los
vertidos debe ser
analizado, controlado y registrado por separado, con independencia de
que se
viertan a una balsa común o no.
El
medio receptor, esto es, el mar o el río en el que se
realice el
vertido, debe ser controlado también
periódicamente. Para ello, se analiza la
influencia del vertido en varios puntos situados a cierta distancia del
punto
de salida, y se contrasta con un punto situado en una zona no influida
por el
vertido, aguas arriba en el caso de un río, o a varios
kilómetros en el caso
del mar. Además de la salinidad, temperatura, cloro y pH hay
que controlar cómo
se ve afectado el fondo del cauce y la flora y fauna de éste.
En
cuanto a los vertidos de aguas pluviales, en general no tienen
ningún
tipo de control, al tratarse de aguas que no están afectadas
por el proceso.
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